domingo, 18 de noviembre de 2007

El fisonomista


Aquella tarde distinguí, entre las zonas de sombra de las rejas, la cara familiar, el rígido cutis grasoso, blindado por los viejos y desmesurados lentes negros. En ese rostro de barro, en ese cuerpo pequeño y borroso era fácil advertir, aún a la distancia, la nariz devastada por el acné y esa sonrisa lineal que partía el rostro en dos con la violencia y sequedad de un tajo. A su lado una mujer baja, que exhalaba melancolía, le susurraba inquieta algo al oído. Por sus lentes y por ese silencio total que parecía rodearla, me percaté que también era ciega. Al cabo de un momento de incertidumbre, abrí con mucho pesar la reja y los saludé con evidente sequedad.
—Esta es Mercedes— me dijo Lucio buscando al tanteo mi mano en el aire y estrechándola con mecánica cordialidad. Entonces eché otra mirada a Mercedes: tenía lentes negros bastante toscos, que se contraponían al vestido floreado y decoroso, el cual trataba inútilmente de darle cierta prestancia a su cuerpo.
—Tú eres Moisés, ¿verdad? Lucio me ha hablado mucho de ti— dijo bastante intimidada, aunque tratando de mostrar efusividad. Ante su estúpida frase sentí la necesidad de decir algo, alguna tontería que ya no recuerdo bien.
Los invité a pasar y, de inmediato, los conduje a mi estudio. Lucio trató de adelantarse del brazo con Mercedes, creo que quería dar a entender a su amiga que el lugar le era familiar. Y sin embargo en el camino hubo un incidente lamentable: Lucio chocó con una mesita adornada en el centro por un velador de cristal rojo; ante la embestida, el objeto tambaleó violentamente y cayó al piso partiéndose en mil pedazos. Era una antigualla, una de las tantas cosas que me había regalado mi madre cuando me mudé. Aunque no suelo apegarme mucho a las cosas, conservaba por ese velador un cierto afecto. Lucio, en cuanto escuchó el ruido del cristal quebrarse, se detuvo en seco. Palideció. Mercedes se aferró más a su brazo, tensa.
—Creo que tengo un velador menos—dije con ironía.
Profundamente nervioso, farfulló un “discúlpame” y un “lo pagaré” que sin duda no intentaban reparar el daño sino más bien provocar piedad. Lo miré, miré mi velador roto en el piso y pensé que en cierta forma era mi culpa; mi casa no estaba preparada para recibir a ciegos. Por otro lado debí dirigirlos y darles indicaciones verbales para evitar accidentes en el trayecto. Le advertí que no tenía por qué preocuparse y luego de una pausa, le dije que lo mejor era que fuésemos al estudio a conversar.
En el estudio los ubiqué cerca de la ventana. El sol del atardecer cubría con unos haces de luz ese lugar. Me ubiqué en un asiento frontal.
—¿Hace cuánto tiempo que no conversamos?— preguntó Lucio tratando de aclarar su voz con violentos sonidos guturales. El carraspeo era una de sus manías más insoportables.
—Hace tres meses más o menos—dije cansadamente.
La última vez había venido con una chica llamada Claudia, también ciega. Pensé que era inoportuno agregar ese detalle delante de Mercedes.
—¡Mucho tiempo! ¡Mucho tiempo! Y dime, ¿sabes algo de Ricardo?
Su pregunta era hipócrita. Le interesaba tanto la suerte de Ricardo como le interesa a un albañil el problema de la inflación en Senegal. Ricardo Miyashiro era un genial y viejo amigo nuestro, un día Lucio abusó de su confianza y Ricardo, muy disgustado, le retiró su amistad. Desde ese momento Lucio se dedicó por varios meses a despotricar contra quien le había ayudado dándole casa y comida e incluso dinero cuando su situación fue muy difícil. Lucio era un especialista en las preguntas sosas que tan solo servían para llenar espacios en blanco.
—Ricardo está bien—dije escuetamente, en tono de fastidio, con una voz severa y extraviada.
Por un momento me quedé perplejo. Advertí con asombro cuán agrietada estaba nuestra amistad. Me admiraba el descubrir cuán extrañas y tristes podían resultar las personas que antiguamente fueron amigas, casi familiares. Desde que nuestra amistad se había convertido en íntima, supe de las innumerables y algunas insoportables “concesiones” que uno tiene que hacer con un ciego: hablar cada minuto aún con disfuerzos, evitar mencionar asuntos susceptibles como la televisión o el cine, describir con detalle a las personas, aceptar “favores” como leerles ciertos fragmentos de libro o artículos de periódicos, guiarlos por las calles, entre otras. Muchas de esas concesiones nunca las cumplí, un poco por pudor, otro por natural rebeldía. Lucio era una de esas amistades que uno contrae a la ligera, sin saber bien cómo, en la adolescencia, las cuales luego suelen estorbarnos en la vida.
—¡Me alegra saber que Ricardo está bien!—dijo mientras se acomodaba, se repantigaba en el sillón y abrazaba a Mercedes con exagerada solvencia. Acaso en ese instante intuí que su presencia me traería algunos beneficios, tal como había ocurrido con su anterior visita. Si bien es cierto su hipocresía era ya escandalosa, traté de relajarme contemplando por la ventana el atardecer inmóvil e indiferente u observando mis libros abarrotados en las paredes del estudio; sorpresivamente reparé que Emma, la empleada, había desordenado la sección K: desde lejos pude notar como “Los convocados” de Koestler antecedían a mi edición de lujo de “Los cuentos completos” de Kipling. Dicho desorden me fastidió un poco
—Supe que Ricardo ha terminado su opera sobre La Guerra del Pacífico. Me han dicho que es magnífica.
Su comentario me pareció terriblemente falso. Sin embargo, era fascinante ver cómo hablaba con las manos fuera del escudo de luz, unidas por la punta de los dedos; Lucio volvió a abrazar a Mercedes, a mostrar los dientes. Picado por el bicho del cinismo, dije:
—Oye, cuéntenme un poco más de ustedes.
Mercedes esbozó una sonrisa. Sus mejillas se encarnecieron. Estaba emocionada, parecía a punto de hablar. Siempre sonriendo acarició la mano firme que la sujetaba de la cintura. Hasta que él se inclinó un poco para besarla en la cabeza.
—Nos conocemos hace unos meses…— murmuró ella, repitiendo el sonido que recordaba a una risa.
Empero, Lucio la interrumpió con un carraspeo y lanzó una sonrisa irónica, engañosa y repelente.
—La verdad, estamos exactamente hace una semana—dijo alzando la voz y poniendo énfasis a sus palabras, como si intentara aclarar un equívoco —. Nos conocimos en una de las reuniones del “gremio”.
Solía llamar “gremio” a los encuentros de ciegos. Conocía perfectamente la naturaleza y el lugar de sus reuniones. Alguna vez Lucio me invitó a hablar sobre “El rol de Tiresias en la tragedia griega” en un local donde se reunían los ciegos ubicado en el centro de la ciudad. Recuerdo que el edificio era destartalado y oscuro, todos los salones olían a moho y a creso. Allí pude ver cómo se portaban los ciegos en grupo: se reían en voz baja y hablaban entre ellos con mucha proximidad, casi rozándose, respirándose contra la cara. El ver aquello me produjo un gran resquemor. En un salón amplio pero en tinieblas y con las ventanas cerradas quisieron que diese inicio a la conferencia. El ambiente era sofocante y la oscuridad impedía que leyera mis apuntes. Me rehusé. Por intermedio de Lucio pedí que abrieran las ventanas para que entrase la luz del día y un poco de aire o en su defecto encendieran las luces y algún ventilador. Un hombre bajo, de facciones mongólicas—pómulo saliente y nariz muy aplastada—, salió al paso y se presentó ante mí como el director del lugar. Luego de decirme su nombre (uno de esos nombres cortos, ajenos y olvidables), me pidió que habláramos. Sujetándome fuerte del brazo, me condujo hasta la entrada de lo que él llamaba con descarada exageración “auditorio”. El hombrecito se movía con una facilidad sobrenatural entre los distintos grupos de ciegos que obstaculizaban el camino. Una vez en la entrada y sin soltar mi brazo me dijo que lo disculpara pero que mi pedido era imposible de cumplir; agregó, con un tono de soberbia, que muchos intelectuales no habían tenido nunca ninguna molestia en su local y más bien se habían sentido honrados de haber sido invitados y recibidos. Sentí su aliento sobre mi rostro, olí su piel húmeda y desaseada, casi caí desmayado de asco y prevención. Estaba profundamente incómodo como nunca me había sentido. En ese momento lo supe. Me había entrometido en un territorio donde los videntes no tenían cabida y más bien eran hostigados y hasta ridiculizados. Con dignidad, me solté y le pedí entonces que me disculpara, que no incomodaría a nadie. Sin decir más, me fui del lugar. El asunto, como era de esperarse, me distanció de Lucio por un tiempo, luego de unas semanas me llamó por teléfono y después de dar una serie de absurdas explicaciones terminó pidiéndome disculpas a nombre del director. “Te aseguro que no habrá más incomodidades”, me aseguró cursándome otra invitación, invitación que por supuesto rehusé en el acto aduciendo una serie de excusas.
Un celular trepidó en el estudio. Mercedes buscó apresurada en su cartera. En su búsqueda una serie de objetos cayeron sobre el piso. “Los nervios”, dijo a manera de disculpas, paralizada por su torpeza. Tuve que agacharme y recoger del suelo un diminuto lápiz sin punta, unos boletos de micro y una libretita sucia y llena de manchas dudosas. Luego de recoger las cosas, se las alcancé a Mercedes, quien se ruborizó al rozar por accidente mi mano con la suya. La sensación fue terrible. Su piel húmeda me hizo recordar a la nariz de los perros. “¡Mil disculpas!”, dijo sonriendo, mostrándome sus dientes cariados, y casi de inmediato volvió a la búsqueda de su celular. Por mi parte no contesté, y sin necesidad de disimular sequé, lleno de asco, mi mano con un pañuelo. En ese momento hubiese preferido lavarme la mano con agua tibia y jabón, pero no quería dejar a Lucio con Mercedes solos en la biblioteca. Pensé que la llamada no duraría mucho y al sentir mi ausencia, Lucio sin duda aprovecharía para acariciar y besar a Mercedes; preferí ahorrarme la experiencia de contemplar ese espectáculo penoso. Recién a la novena timbrada, Mercedes encontró el celular y contestó. Como no teníamos qué conversar, no nos quedó más remedio a mí y a Lucio que escuchar el diálogo de Mercedes. Al parecer era su madre la que llamaba; intranquila preguntaba, con voz fuerte, dónde estaba, Mercedes con resquemor y una voz mínima le decía que “camino a casa”; empero el diálogo no admitía claroscuros; ante una pregunta más incisiva, a Mercedes no le quedó otra que contestar con la verdad. La respuesta puso más inquieta a la mamá quien elevó la voz y provocó un murmullo intolerable. Para tranquilizarla y poner punto final a la conversación, Mercedes le aseguró a su madre que iría a casa pronto. En cuanto colgó, fatigada, susurró algo cerca de la oreja de Lucio. Lucio en voz baja aunque perceptible le dijo que en quince minutos le acompañaría al paradero.
En esos quince minutos no conversamos nada trascendente. El diálogo fue monótono e insustancial. Guiado por mi instinto, me dediqué a mirar a Mercedes con detenimiento. Era una de esas mujeres simples; bastaba con treinta segundos de observación para saber cuál era su traza. No exagero si digo que tenía todo el aspecto de la pobreza decente.
Cumplido el tiempo (en todo ese rato se mostró nerviosa e impaciente como si sintiera a mis ojos estudiarla y sopesarla), Mercedes se paró y disculpándose me dijo que se retiraría.
—No pedí permiso en mi casa. No quiero molestar a mi mamá—arguyó con voz baja y desprovista de expresión.
Lucio me advirtió que solo la acompañaría al paradero, pero que quería regresar a conversar algo conmigo, algo relacionado sobre unos libros. A él y a mí nos gustaba la literatura, sin embargo en su voz advertí ese débil énfasis y ese requiebre que identifica a la mentira. En ese momento me felicité por haberme dejado orientar por mi casi infalible intuición.
Antes de media hora había regresado. En ese trance había aprovechado para barrer el velador roto y poner a buen recaudo algunos otros objetos. También acomodé los libros en su orden correcto. Como bien lo calculé no hubo incidentes lamentables en el trayecto de Lucio al estudio. Tuve que encender la luz, pues las tinieblas estaban empezando apoderarse del ambiente. La oscuridad siempre me ha resultado fascinante, pero en compañía de un ciego, la oscuridad es más que insoportable. Los ciegos están dotados de ese poder para moverse en las tinieblas que nosotros no poseemos. Al lado de un ciego la oscuridad deja de ser un refugio y se convierte en una misteriosa bestia hostil, en un revolver cargado, en un territorio salvaje y peligroso.
La luz del estudio era potente y llenaba la cara de Lucio, quien sonreía sin separar los labios. Sobrevino un silencio en el que se oían las respiraciones; por contraste resonaban jadeantes.
—¿Qué me quieres preguntar?—lo encaré al terminar de acomodarme, pues creí que era necesario tomar al toro por las astas.
Lucio carraspeó, cruzó las piernas y sin premura dijo:
—Quiero que me hagas un favor
—¿Cuál?
—Quiero saber cómo es Mercedes
Hacia tres meses había hecho la misma pregunta por Claudia. A mi parecer el describir a Claudia había desanimado a Lucio, quien en un inicio se mostró entusiasmado. No es que me importunara describir a Mercedes, ni que me preocupase la estabilidad sentimental de Lucio; su vida en sí misma me importaba un pito. No niego que me molestaba un poco convertirme en los ojos y el juicio estético de alguien más. Sin embargo, era divertido pincharle su globo a Lucio. Aunque, claro, no pensaba hacerle el favor sin obtener una buena recompensa. Tal como ocurrió en la ocasión anterior, si quería sacarle una buena suma era preciso parecer indispuesto.
—Debes saber cómo es. Tú mismo les has pedido estar con ella—dije con aplomo.
—Pero no lo sé… ¡Vamos Moisés!, yo confío en ti, sé que nadie puede describirme a Mercedes mejor que tú.
Lucio no había sido ciego de nacimiento, había perdido la vista de una manera muy turbia. Por lo que me contó, tuvo un accidente en un taller clandestino de fabricación de bombas. Él se consideraba mi amigo; en un arranque de intimidad me dijo que en su adolescencia había apoyado a Sendero Luminoso, volanteaba e hizo otras tareas menores y acordes con su edad. Un día entró a recoger volantes a un taller clandestino de fabricación de bombas (según él, donde fabricaban las bombas había también un taller gráfico), por accidente una de las bombas estalló. Aunque sobrevivió a las quemaduras, sus ojos se cegaron para siempre. Nunca me dio más detalles, porque no se los pedí. Además era un tema que lo incomodaba. Años después renegaba parcialmente de su visión maoista, curiosamente ahora trabajaba con fondos del Banco Mundial y de una serie de instituciones gigantescas que obviamente desconocían su pasado terrorista y su íntima perspectiva revolucionaria. Sus sólidos proyectos, así como su entrega a los estudios y la historia truculenta y patética que él inventó sobre el accidente que le produjo la ceguera, provocaban el entusiasmo y la piedad de muchos hombres de negocios. En cierta forma todo aquello me parecía ridículo, se asemejaba a una comedia de arlequines, una burla para mongoloides. Sin embargo, Lucio tenía dinero, pero en todo ese tiempo no se había resignado del todo a ser un ciego. Quería con muchas ganas unos ojos, sin duda anhelaba los míos.
De pronto, Lucio sacó su billetera, sin decir palabra me extendió un billete de cien soles. Anteriormente había abandonado un billete de 50 en un libro, fue el día que me pidió describir a Claudia: una mujer alta, de rasgos desdibujados y boca pequeña y reseca. En esa oportunidad el dinero me cayó bien, lo utilicé para comprar las obras completas de Diderot y hasta me quedó un saldo para ver una película francesa en el cine. Miré el billete y miré a Lucio; haciéndome el ingenuo, pregunté.
—¿Y eso?, no me digas que quieres pagarme el velador.
—¡Caray! —exclamó y de inmediato acompañó el billete de 100 con uno de 50.
—Te daría más pero estoy bajo de fondos.
Yo también estaba bajo de fondos, por lo que acepté los billetes.
—¿Es bonita? —preguntó Lucio con impaciencia.
—A ver, Lucio, vamos por partes—dije resoplando:— Mercedes tiene el cabello largo y negro, se nota que lo cuida mucho, por lo que he visto no se enmaraña. Sus cejas, no están depiladas, su nariz es como su frente, pequeña, tal vez demasiado para el rostro regordete que tiene. Por otro lado, los labios son grandes aunque un poco curvos. Si no me equivoco sus labios están secos.
—Bien, bien, esos es cierto, dime, ¿de qué color es su piel?
—Es blanca. Pero no es una blancura saludable y distinguida, más bien tiene la palidez de las anémicas.
—¿Qué hay de sus lentes?, ¿se los quitó en un momento?, ¿pudiste ver sus ojos?
—Parece ser muy celosa con sus ojos. Nunca se los quitó. Sus lentes son muy gruesos y demasiado oscuros como para una mujer.
—¿Cuál es su contextura? Puedo notar que es gorda, pero ¿qué tan gorda es?
—Es gorda, no es una mujer entrada en carnes, ella es gorda tan solo. Sus brazos son robustos y toscos, son muy gruesos y velludos al igual que sus piernas. Es pequeña y eso no la favorece. Lamento decir que se nota algo desaseada.
Mi último comentario hizo que Lucio se callara por unos segundos. Era fácil advertir como mis palabras poco a poco iban minado su orgullo.
—Dime, ¿se viste bien?— preguntó esperanzado en encontrar una respuesta en cierta forma complaciente.
—No, su vestimenta es realmente absurda. Usa unos vestidos floreados que la hacen ver muy vieja, además no me gustan sus zapatos, los cuales son marrones, y claro, no hacen juego con su vestido, además de estar algo maltratados. Su cartera es un poco grande, ahora no recuerdo si era azul o negra, la cosa es que no hacia juego con el conjunto. Creo que mucha gente interviene al momento de vestirla. Lo que si es seguro es que quienes la visten, no tienen buen gusto.
—¿Su maquillaje?, no mencionaste nada sobre su maquillaje.
—No usa maquillaje.
Lucio volvió a carraspear; adelantó el cuerpo y palmoteó nerviosamente sus rodillas. Balbuceante y con la voz pendiendo de un hilo, preguntó:
— ¿Tiene bigote?
Me quedé en silencio. Por unos segundos me divertí observando cómo la cara de Lucio se deshacía de vergüenza. Era obvio que no era una pregunta ingenua, quería confirmar su temor y oprobio.
—Sí.—dije con firmeza—Es bastante notorio. Lo habrás sentido al besarla.
Por el rubor de su rostro, por la forma en que se aflojó su cuerpo, comprobé que así había sido.
—¡Dios santo!...Y dime, ¿puede llegar a ser bonita?, ¿tiene algo de belleza?
Su pregunta sonó desesperada. Sin embargo, sentí que mi obligación era ser sincero.
—Es una chica normal. Si se arreglara un poco y adelgazara, tal vez, pero habría que hacer mucho. No estoy seguro.
Mi respuesta, lejos de aliviarlo, pareció entristecerlo más. La desilusión había llenado el rostro de Lucio. Para salir del tema y clausurarlo, intenté invitarle algo. Le ofrecí una taza de café.
—No quiero nada, no te molestes, sólo necesito irme.

—Como quieras— le dije.
Lo acompañé hasta la puerta. Ni por un momento pensé guiarlo hasta el paradero donde sin duda tomaría un taxi. Además de no gustarme ser objeto de nadie, no sé porqué se me había metido en la cabeza la extraña probabilidad que Lucio podía poseer algunas secretas y sucias mañas. Había leído algunas vez que cierto ciegos tienen la perversión de acariciar el brazo de quien los guiara. En realidad nunca pude comprobar si Lucio poseía esa perversión, pues siempre evité bajo cualquier pretexto guiarlo. A pesar de mis sospechas sobre Lucio y de no gustarme su amistad, siempre me pareció un misterio el por qué seguía aceptando sus visitas. Claro, el dinero que me había pagado en las dos últimas ocasiones me sirvió de mucho, pero no era razón suficiente. En cierta forma, Lucio me admiraba y acaso ese era uno de los motivos como para continuar con nuestra amistad; es increíble pero uno siempre requiere del halago y la admiración aun cuando estos vengan de truhanes y pervertidos. Por otro lado, no puedo negar que me llenaba de palpitaciones cuando veía desde la puerta de mi casa cómo Lucio iba alejándose lentamente por la calle desierta, cubierta por las hojas muertas de los eucaliptos, guiándose por su bastón blanco. En esos momentos, pensaba, que cualquier cosa podía ocurrir, acaso un auto al cruzar la pista, una piedra puesta en medio del camino, un transeúnte distraído harían que la tarde tenga un final aunque imprevisto, rotundamente hermoso.

Tiempo después me enteré por un amigo que Lucio y Mercedes habían terminado apenas dos semanas después de su visita. Meses luego, creo que antes de un año, Lucio llegó a mi casa, con una chica alta y agradable, llamada Daniela. Ese día me la presentó y para mi sorpresa nos quedamos hasta tarde hablando de libros; Daniela era una persona inteligente. Había entrado hace unos meses a la universidad, precisamente a estudiar Literatura. También era ciega, pero llevaba su ceguera con personalidad, con solvencia. En sus actos, en su forma de hablar y en sus maneras se veía que no tomaba su ceguera como un infortunio, ni la había aceptado con resignación, la asumía como quien asume tener una nariz pequeña o unas cejas pobladas. Era una gran mujer, una de esas mujeres que convierten los asuntos más nimios en hechos trascendentales e inolvidables. En ese momento Daniela se me figuró encantadora. Por primera vez envidiaba a Lucio.
Al día siguiente Lucio me visitó muy temprano. Sin titubear me alcanzó una antigua edición de El amor, las mujeres y la muerte de Schopenhauer, que me había prometido regalarme la víspera; al hojear el libro hallé entre sus páginas 200 soles. El mensaje era claro. Esta vez, sin saber bien por qué, traté de evitar describir a Daniela, por lo que dirigí la conversación hacia otros rumbos. Sin embargo, a mitad de nuestra charla, Lucio, muy impaciente, me interrogó. En muchos momentos intenté inútilmente de morderme la lengua, finalmente aposté por la sinceridad. Era evidente para Lucio que Daniela había sido de mi total simpatía, por lo que no me quedó más remedio que elogiar sus encantos. Además, no tenía por qué hacer laberintos en jardines ajenos. Me esmeré en la descripción y no escatimé en cumplidos. El saldo resultó más que favorable y Lucio se fue muy agradecido y, a todas luces, alegre y brioso.
En un pasillo de la Universidad, un día que fui a hacer unos trámites, me encontré a Daniela. Habían pasado dos meses desde la última vez que la vi. Era la época de verano cuando el calor se siente con más fiereza e ímpetu en los sofocantes pasillos de la Facultad. Me acerqué y la saludé. Con asombro noté cómo el brillo del sudor la hacía más bella. Me sorprendió mucho enterarme que se había distanciado de Lucio diez días luego de nuestra última conversación. Algo contrariada, me dijo que necesitaba conversar con alguien de eso; creía que yo era el más indicado. Fuimos a la cafetería. Pidió una media luna y una coca cola helada y me ofreció un triple y otra coca cola helada. Acepté gustoso la coca cola (en ese momento hubiese aceptado un vaso de sangre caliente si me lo hubiese ofrecido) pero no el triple, pues detesto comer delante de una mujer hermosa. Hay un cierto gesto bestial que tiene todo hombre al comer, por lo que siempre me ha parecido inapropiado hacerlo delante de ciertas mujeres.
Antes que trajeran nuestro pedido Daniela me aseguró que su historia era algo infantil. Le dije que no la juzgaría y que todos actuamos un poco como niños cuando nos enamoramos. El pedido no tardó en llegar, el mozo mirando con lascivia a Daniela, puso la orden a nuestra disposición; mi mirada fulminante de lobo hizo que se alejara avergonzado.
En cuanto Daniela dio un sorbo a su bebida, empezó a narrarme su separación: Lucio la adoraba y le había pedido matrimonio, sin embargo ella le había pedido una semana para darle su respuesta. Lucio espero, y cumplido el plazo exigió su respuesta. En esos días Daniela no había resuelto su interrogante, y le pidió que esperara un poco más. Lucio se ofuscó y, orgulloso, pensó que le hacían largas. Desde ese momento habían dejado de hablarse. Sin embargo, ella estaba segura que si lo buscaba retomaría la relación. Yo pensaba igual.
—¿Cuál era tu interrogante?—le pregunté.
Ella sonrío; su sonrisa no contenía nada más que una oferta de complicidad.
— Es una duda tonta. Pero en verdad, ¿quiero saber con quién me voy a casar?
—¿Acaso no sabes con quien?—dije sintiéndome un idiota. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—Claro, sé que es con Lucio—dijo ella, comprensivamente—, pero yo me refiero a cómo es Lucio, cómo es el hombre con quien me voy a casar, ¿entiendes?
En ese momento me quedé callado, acaso paralizado del temor y la vergüenza. Sospeché que Lucio, en esos arranques de tonta infidencia de enamorado, le había contado a Daniela que me había pagado por haberla descrito, y ésta, ofendida, me ponía una trampa con el fin de censurarme. La duda me mataba. Sin embargo sus palabras se hicieron más angustiosas y necesitadas conforme hablaba. Para ayudarme, me tomé la coca cola de un trago. La bebida helada provocó un escozor en mi garganta. Sin advertir mi nerviosa reacción, Daniela siguió hablando:
—En verdad necesito saber cómo es él. Sé que todo esto te puede parecer infantil y frívolo, pero creo que tengo el derecho de saberlo.
No pude evitar soltar una carcajada que en buena medida ayudó a relajarme. Ella vaciló y su rostro tomó una expresión de desconcierto. Una música muy lejana llegaba en hilachas hasta nuestra mesa. El café se iba llenando de estudiantes y profesores todos con aire indeciso y solitario.
—Sé que es para reírse— dijo comprensivamente— No es fácil preguntarle esto a alguien y a quienes lo hice: mi madre, mi hermana, mis amigas, me dieron respuestas vacía de detalles.
—¿Alguna vez pudiste ver?—pregunté mucho más tranquilo y seguro que hablaba sin ambigüedades.
—Sí, pero sólo hasta los cinco años, de ahí fui perdiendo gradualmente la visión— me contestó encendiendo un cigarrillo y ofreciéndome uno, el cual no acepté pues no fumaba. Me gustó verla fumar, ver cómo se consumía el cigarrillo entre esos dedos largos de uñas brillosas, inmaculadas.
—Tal vez te pueda ayudar—dije profundamente emocionado.
Ella sonrió, buscó al tanteo mi mano sobre la mesa, al encontrarla, la apretó con fuerza.
—Sí, lo sabía—dijo con voz apacible— Estaba segura que tú eras el indicado. Si no te busque antes, es porque me moría de vergüenza, además no tenía tu teléfono.
De inmediato le di mi teléfono. Ella lo registró en su celular; me sorprendió la intensa luz que despedía el aparato, además de su delicado y natural color plomo: parecía un pajarillo de ojos azules. Me pareció el más tierno y ardiente de los pajarillos.
—¿Por qué me crees el indicado?— le pregunté con la voz aflautada y el corazón ardiendo en palpitaciones.
—Hablas bonito—dijo guardando el pajarillo en su cartera— Eres inteligente y agradable, aparte tienes una hermosa voz, una voz que te llena la cabeza de muchas imágenes; tendrías que estar en mi lugar para poder entenderme.
Luego hizo una pausa para beber su coca cola y darle un mordisco a su medialuna. Sentí un vértigo al verla masticar con tanta delicadeza.
—¿Tú lo amas?— le pregunté con un tono de fastidio que no pude ocultar.
—La verdad, no puedo estar segura. Necesito saber cómo es él para contestarte. Entiéndeme, no basta con que sea un buen hombre, tiene que ser alguien que yo pueda abrazar sin ningún tipo de duda. Soy algo perfeccionista, ¿sabes?
—¡Claro!—dije con falso entusiasmo—. Entonces te ayudaré.
—¡Qué bueno!—dijo ella sonriendo.
De pronto un silencio expectante pareció aislarnos del entorno. Mi fascinación por Daniela crecía segundo a segundo, a la par que mi envidia y desprecio por Lucio. Daniela le dio un mordisco a su medialuna. Era un placer verla comer. Por un momento era posible palpar en el aire ese puente imaginario tendido entre los dos.
—Dime una cosa, ¿es lindo?—preguntó inquieta, aún con algunas migas en su boca.
—Quieres la verdad, ¿no es cierto?
—Claro— dijo ella, volviendo a tomar mi mano y acariciando con un dedo el dorso.
—¡Perfecto! Entonces lamento decirte que Lucio no es un hombre guapo.
—¿Cómo que no lo es?—dijo ella desesperanzada.
—No lo es—dije con serenidad y luego con firmeza, puntualicé:— Lucio tiene esa tez morena, de arcilla cocida que suelen tener los norteños. Tiene un cabello seco y muy corto, de un opaco color negro que al parecer se le está cayendo precozmente. He visto sus ojos: son blanquecinos y asustarían a cualquiera. Sus pómulos son pronunciados y su boca es grande; a mi modo de ver no guardan simetría con su nariz pequeña y sus ojos diminutos. El acné le ha dejado huellas profundas en el rostro sobre todo en la nariz. Además posee unos lunares raros en los brazos y su cuello no se muestra limpio. El vientre abultado lo deforma.
El rostro de horror de Daniela provocaba piedad. Sin embargo, estaba consiguiendo lo que me había propuesto, por lo que no podía ser delicado.
—Otro problema es su ropa. Su vestimenta es simple, pésima para ser preciso; los cuellos y mangas siempre se muestran renegridos, además le gusta usar casacas sosas de hombre jubilado, sus camisas cuadriculadas y desfasadas lucen unas pequeñas y casi inadvertidas manchas ignominiosas, los pantalones que prefiere son de jean azul sin detalles y los zapatos siempre están polvosos. Aunque debo decirlo, hay un cierto atildamiento en su andar. No, lamento decirte que Lucio no es un hombre guapo.
En la cara y gestos de Daniela advertí, a pesar de su aparente entereza, una cierta sombra de desencanto. Sin embargo, su dedo no dejaba de moverse, de incendiar dulcemente mi mano.
—Él es bueno, ha sido dulce conmigo. Sí, no te puedo mentir, noté algunas de las cosas que tú me dices, pero te repito es un hombre bueno.
Apretando su mano y acariciando con mi dedo el dorso, le confesé.
—Eso es mentira, Daniela. Es un sucio canalla. Te llevó hacia mí sólo para que te describiera al día siguiente. Según me dijo, lo ha hecho con muchas mujeres antes. Me confesó que debía estar seguro de tu belleza para tomar la decisión de acostarse contigo. Yo me indigné y no lo hice. No me gusta sentirme utilizado ni que utilicen a las personas.
Su cara de espanto fue tremenda. Un silencio monstruoso y hostil empezó a asediarnos. Por un momento me arrepentí de haber traicionado a Lucio. Sin embargo, valía la pena hacerlo. Ante mis palabras, Daniela sollozó y tratando de disimular el rostro, me pidió disculpas. Yo le dije que no tenía por qué disculparse, que entendía. De inmediato se puso de pie, de su cartera sacó con manos temblorosas un billete de diez que luego abandonó sobre la mesa. Entre sollozos me pidió que nos fuéramos.
Salimos de la sombra fresca del café. Tuve que cubrirme con una mano los ojos porque la luz del día era muy blanca. A pesar del calor sofocante, le acompañé caminando hasta su casa. Caminamos por una arboleda más de 15 cuadras. No nos dijimos nada en el trayecto, tampoco fue necesario. Decir algo hubiese sido avivar los recuerdos de Daniela, y eso era contraproducente para mis intenciones.
Al llegar a su casa me sorprendió lo bien cuidada que estaba y las formas graciosas que le había dado a los cipreses de sus sardineles: había un canario en su jaula y un muñeco de nieve. Para llegar a la entrada de la casa había que subir una escalera hecha de lajas. Daniela subió con mucha ligereza, en todo momento mostró más energía que yo. Iba a hacer un comentario al respecto cuando Daniela me dijo, abriendo la puerta, que entraría y que me agradecía por la compañía y el inmenso favor que le había hecho. “Gracias por abrirme los ojos”, dijo forzando una sonrisa ante la frase, sin duda, no exenta de ironías. Engolando la voz le dije que me llamara si necesitaba algo y, tomándola de los hombros, añadí:
—Por algo suceden las cosas, Daniela. Así que quédate tranquila.
Luego me despedí de ella. Al bajar las escaleras sentí el descenso pendular y arriesgado de quien desciende por unas interminables escaleras de cuerda. La sensación no me pareció ajena a la naturaleza de lo ocurrido. Cual pirata, había incendiado la nave enemiga; faltaba poco para disfrutar de la principal cautiva y de su excelente botín.

Como bien lo esperaba, a los pocos días llamó Daniela. Salimos un par de semanas. Fue al final de la segunda cita, bajo una noche encapotada, frente al mirador de Barranco y de espaldas al mar, que nos besamos. Ese día también, aprovechando la oscura y ficticia soledad del taxi, acaricié sus piernas, y toque sobre su blusa sus pechos duros y medianos. El sábado siguiente bebimos un vino que traje con el pretexto de celebrar nuestro naciente amor. Sus padres habían salido de viaje durante el fin de semana, por lo que me permitió entrar y pasar el sábado en su casa. Horas después comprobé la verdad del dicho: la mujer luego de algunas copas es un demonio impredecible. Abrazados en su sillón, me preguntó entre risas algo que esperaba:
—Dime algo, ¿cómo soy yo?
Respondí a su pregunta con mucha sinceridad y breve dulzura.
—¡Hermosa! ¡Francamente divina!
—¿Qué tan hermosa?—preguntó recorriendo con un dedo mi mejilla y luego mi pecho.
Ardiendo de pasión y sintiendo un bullir en mi bajo vientre, susurré casi sin aliento.
—Eres realmente hermosa, Daniela. Tu cabello es color caramelo y muy fresco. Tu rostro es moreno pero delicado, tus cejas están muy bien delineadas y enmarcan tus ojos claros. Tus labios rojos guardan simetría con tu nariz respingada. Vistes casualmente pero siempre con propiedad. Quien te ve queda maravillado.
Al final de mi descripción, ella río complacida. Luego de unos segundos le había ceñido los hombros, la apretaba despacio contra mí, la sentía respirar contra mi boca, era fácil percibir su aliento caliente con olor a vino y a piel morena. La besé en plena boca, ahondando en ella, buscándole los dientes y la lengua; el cuerpo de Daniela se aflojaba entre mis brazos, a la vez que mis manos parecían cobrar vida propia entre sus ropas, hasta encontrar sus senos tibios y firmes. Una espuma caliente parecía allanarnos, en un mismo movimiento unía nuestros cuerpos y los lanzaba al más abrasador de los fuegos. Después vino un letargo delicioso, donde no hubo treguas ni paréntesis.

La entrada del sol a raudales por la ventana, me despertó. Era una mañana de marzo luminosa y sofocante. Envuelta en un halo de luz, la vi dormida entre las sábanas. El sardinel de los cipreses vistos desde la ventana de su cuarto aparecía con la intensidad de una revelación. Al ver nuevamente a Daniela, ahora luego de haberla poseído, me sentí profundamente incómodo. Solía pasarme eso con las mujeres, luego de hacer el amor me invadía una irresistible necesidad de fuga. Pensaba que con Daniela todo sería distinto, pero esas terribles ganas estaban ahí presentes más vivas y urgentes que nunca. Sentado al pie de su cama, medité sobre cuál sería mi futuro con Daniela, con una ciega, la cual si bien es cierto era hermosa e inteligente, tendría eternamente que estar a su lado, servirle de bastón humano o de ojos. Durante esas dos semanas de salidas con Daniela y gracias a mi amistad con Lucio, había descubierto que los ciegos en general carecen de posibilidad de amar o de ser amigos, necesitan urgentemente unos ojos o un guía; Daniela no era la excepción, en más de una oportunidad me había pedido que le dijera como era el hijito de su prima o cómo era el rostro de Solange, su mejor amiga, o cómo estaba arreglada su casa. Gracias a mí se había aventurado ir hasta el mirador de Barranco, pues según me confesó temió ir antes con sus antiguos enamorados, los cuales, aunque nunca me lo precisó, eran sin duda ciegos. ¿Qué era yo realmente para Daniela? Estaba seguro que ni ella misma lo sabía. Por otro lado, una idea empezó a torturarme: Daniela había tenido una performance magnífica durante el sexo; ¿acaso no había tenido relaciones con Lucio o con alguno de sus antiguos enamorados ciegos? La sola idea de imaginarme a Daniela, a la perfecta Daniela, desnuda debajo del cuerpo deforme de Lucio o de algún otro ciego me pareció repugnante. Embelesado, no había reparado en esa espantosa posibilidad antes de estar con ella. Daniela sabía complacer a un hombre, y eso es algo que se aprende solo con el ensayo, ¡y su laboratorio del sexo había sido el cuerpo de algún innombrable ciego! Conforme transcurrían los minutos, dicha idea así como mis ganas de fuga se agigantaban. Cuando Daniela pareció a punto de despertarse, llevado por un impulso me vestí rápidamente y con la camisa desabrochada salí a hurtadillas de su cuarto, y luego de su casa.
Después de ese fin de semana no la busqué, ella tampoco me llamó. Traté de sumergirme en diversos quehaceres para olvidarme de Daniela. Por esos meses juraba ante mis amigos que me dedicaba a escribir un estudio intertextual sobre un cuento de Borges y de Don Juan Manuel, aunque en verdad no hacía nada. Apenas me levantaba, encendía la televisión o releía algunos libros o simplemente dormía. Debo confesarlo: me entiendo muy bien con el ocio y la soledad. Luego de unas semanas llegué a la conclusión que había cometido una estupidez, pues por más que traté no pude dejar de pensar en Daniela. Acaso me había dejado llevar por mi horror al compromiso, y en cierta forma a las responsabilidades. Además mi tonto machismo y mis prejuicios se fueron debilitando con el paso de los días. Había sospechado demasiado de una persona que en el fondo me había tratado bien Algunas veces intenté llamarla, pero me contuve, pues sabía que era muy difícil explicar mi conducta, por lo que dejé que los días pasasen. El tiempo debía hacer lo suyo.
Luego de un mes, encontré el pretexto perfecto para volver a verla. En mis pesquisas entre los libros y discos viejos había hallado “I got Dem Ol´Kozmic Blues Again Mama”, un antigua pero perfecta copia del primer álbum de Janis Joplin, el cual compré sin regateos para Daniela, pues sabía de su admiración por Janis. Cuando contestó el teléfono noté en su voz un timbre extraño. La saludé de manera breve y le dije que debíamos vernos, que tenía algo para ella.
—O.K. Ahí estaré—contestó nerviosa y, previsiblemente, avergonzada.
Nos encontramos en un bar café. Ella se pidió un café con moka, yo opté por una menta.
—¿Sabes, Moisés?, espere que llamaras por mucho tiempo– me dijo jugando con la cucharita.
—He estado ocupado preparando un estudio intertextual de un cuento de Borges y de Don Juan Manuel— le dije dándole unos sorbos a mi menta y sintiéndome un miserable.
—Pues debiste llamar. Quien nunca dejó de llamar fue Lucio. ¿Sabes algo?, hace unos días en verdad necesitaba hablar con alguien.
—Así que te reuniste con Lucio.
—Sí. He hablado con él, pero no le he contado que salíamos. No me lo perdonaría— me dijo frunciendo la boca.
En realidad me preocupaba en lo más mínimo si Lucio se enteraba o no.
—Te traje un regalo, es el primer álbum de Janis Joplin—dije colocando el disco cerca de su mano.
—Me importan muy poco tus regalos—gritó, tomando el disco y arrojándolo hacia mi dirección. Una pareja ya entrada en años nos miraban desde su mesa con profunda expectativa. Nerviosa, Daniela empezó a revolver con la cucharita su café.
—Tú no me amas, ¿no es cierto?—preguntó de pronto soltando la cucharita, la cual cayó al piso llamando la atención ahora de todo el café incluido los mozos.
No le contesté. En realidad no lo sabía. La extrañaba mucho, pero no podía decir si la amaba o no. No descarto también que haya sido la alquimia extraña entre mis prejuicios, mi cinismo y mi repentino y renovado instintivo temor de cargar con una mujer lo que me hizo quedarme en silencio, y dar por toda respuesta dos sonoros sorbos a mi menta.
—Lo sabía— dijo prorrumpiendo en llanto.
Aún detrás de sus delicados lentes negros, me pareció ver sus ojos disminuidos por las lágrimas. Cuando busqué su mano, ella retiró la suya con violencia y puso un gesto de fastidio. Angustiado, sorbí la menta hasta que el granizado del fondo cambió de verde a cristalino.
—No te molestes en consolarme—dijo con mucha dignidad. —Quiero que sepas algo: he aceptado la propuesta de Lucio.
En ese momento recordé el apotegma de Capote: las mujeres son como las moscas se posan en la miel como en la mierda. Me apenó saber que Daniela se había convertido en una mosca que ahora zumbaba ansiosa sobre las alcantarillas. Yo no era precisamente un dulce, pero tampoco una mierda. En cierta forma me decepcionó, no creí que ante la primera contrariedad se iba aferrar a la hiedra para no caer al abismo.
—Podremos seguir siendo amigos, siempre y cuando seas prudente—dijo poniéndose de pie y tomando la cartera en claro gesto de partida.
Desde que la vi partir de ese café hubo un amago de depresión en mí. Durante meses la recordé y estuve tentado de llamarla. Curiosamente son las mujeres que nos desprecian las que más nos duelen. Daniela era una mujer inteligente y a su vez oportunamente irracional, y por lo tanto terriblemente apasionada. Aunque siempre trataba de alejarme cuando advertía a la distancia la proximidad de alguna de esas representantes de aquella casta maldita, había quedado atrapado en la efectiva y seductora telaraña de Daniela.
Sabía que era tonto luchar por ella; una mujer astuta y con enorme personalidad como Daniela suele hundir a los hombres en la más ignominiosa deshonra antes de otorgarles el perdón. Siempre he sido orgulloso, lo suficiente como para no rendirme fácilmente sin resistir. Además era obvio que Daniela no buscaba un noviazgo sino un matrimonio. Para olvidarla, tomé medidas extremas, regresé a la casa de mi madre, quien era una especialista en mantenerme ocupado con la lectura. Allí me sumergí en los estudios. Me consta que Lucio trató de buscarme, pero en todo momento me hice negar. Trascendió que se había casado con Daniela y que ella estaba embarazada. La noticia me puso triste por varias semanas, en el fondo conservaba algunas esperanzas de retomar la relación; la noticia del matrimonio y del embarazo las deshizo completamente.
Al poco tiempo postulé a una beca a España, la cual gané sin mayores forcejeos. Silenciosamente me ocupé de los preparativos del viaje, y al final de un mes de setiembre, un día claro como el cristal y muy frío, partí. En mi estadía logré olvidar a Daniela no tanto gracias a la investigación que realicé allá sino sobre todo a otras mujeres. Recuerdo a Julieta una gallega lindísima de piernas largas y elásticas, y a Laura, una vasca que me preparó los mejores martinis que había probado nunca. Comprobé que, sin lugar a dudas, un clavo saca a otro clavo.
Dos años después regresé. Algunos amigos vinieron a mi casa a agasajarme, entre ellos Lucio, Daniela y su pequeño hijo Natale. Para ese entonces estaba curado de espanto y podía hablar con Daniela cara a cara e incluso me sentía capaz de poder verla abrazada y besándose con Lucio sin sentir el más mínimo resquemor. Tomamos algunas copas, contamos algunos chistes de gallegos y me pidieron todos que describiera Madrid con detalle. Cuando regresé a la sala con unas fotos de mis amigos y souvenirs de la ciudad, ocurrió algo extraño. En un momento el pequeño Natale se colgó de mis piernas, al mirarle el rostro, sentí un cosquilleo, un escalofrío sacudió mi cuerpo. Hasta ese momento no lo había visto con atención, de inmediato reconocí sus facciones. Nervioso, tan solo atiné a revolverle el cabello con las manos y a desviar de inmediato la mirada. Ante el llamado de su madre, Natale me soltó. Aún turbado, repartí rápidamente las fotos y los souvenirs entre mis amigos y luego salí al balcón a tomar aire, con el pretexto de ver la noche limeña, de reencontrarme a solas con mi barrio. En realidad necesitaba un momento para pensar, para asimilar los hechos. No tardó en aparecer Lucio tras la puerta. Dando trompicones se acercó hasta mí con su brazo extendido, tanteando violentamente en el aire. Cuando se topó con mi brazo, se recostó pesadamente contra la baranda del balcón. Hubo un silencio visual, que Lucio rompió encendiendo un cigarro con la habilidad propia de un pistolero de película. Había aprendido a fumar, sin duda Daniela le había enseñado. Lucio dibujó un perfecto anillo de humo en el aire; luego que terminó su cigarro arrojó la colilla al piso de mi balcón. Pensé que Daniela le había contado de mi traición, que venía a pedirme explicaciones o a partirme la cara. Pero cuando empezó a tararear una canción estúpida, advertí que estaba ebrio. Recordé que Lucio no tenía cabeza para el vino. Decidí volver a entrar, había tomado una sana determinación: me excusaría y les diría a todos que necesitaba descansar. Después me regresaría a España, donde antes de partir, me habían ofrecido un trabajo en una editorial. Aceptaría el trabajo así tuviera que trabajar a destajo. Temía volver a mirar nuevamente al niño, sentir sus brazos alrededor de mis piernas y ver la ensayada indiferencia de Daniela. No podía soportar su perfecta actuación. Estaba dispuesto a echar a todos por las malas si era necesario. Sin embargo, Lucio me retuvo sujetándome fuertemente del brazo; en sus labios una sonrisa hosca parecía anunciar una tempestad. Echándome su denso aliento de alcohol al rostro, me preguntó ilusionado:
—¿Has visto a mi hijo Natale? Dime, Moisés, ¿se parece mucho a mí?
—Mucho. Es notable el parecido— mentí.